jueves 12 de noviembre de 2009

Rojo que te quiero rojo


Hace un rato mi línea, que había estado muerta por siete días, resucitó. Después de dos reportes en vano, una cita en la que me dejaron plantada y dos quejas interpuestas directamente con la gerencia. Así sin más, sin siquiera presentarse en mi domicilio a arreglar nada, de pronto todo está solucionado. Tengo tono y entran las llamadas como si no hubiera pasado nada aquí. Quiero pensar que esto es magia, que los teléfonos se arreglan así sin más. Es sólo que me asalta la duda: si mi teléfono se arregló sin necesidad de la presencia de los técnicos en mi casa, ¿no se podía haber solucionado mi problema siete días antes?

En fin, por otra parte debo decir que ya empezaron las llamadas que me disgustan: vendedores, bancos, promociones.

La última vez que tuve teléfono en casa fue hace ocho años. Vivía en un departamentos a varias cuadras de aquí. Sólo tenía un colchón, una televisión que me compré con mi primer sueldo de maestra universitaria, un escritorio viejo, un pequeño librerito, mi cafetera Hamilton Beach (2000-2009 q.e.d.p) y un carro de supermercado que me habían prestado para transportar mis pocas cosas y que hacía las veces de alacena. No tenía refrigerador ni estufa ni nada más.

Viví un año en ese depa.
Me gustaba que estuviera practicamente vacío.

Ahí había teléfono, un teléfono café y otro blanco. Los dos eran feos. Las más de las veces los teléfonos sonaban y yo los ignoraba.

Se me había olvidado que tengo tendencia a hacer eso. Si no es un número conocido no contesto. Si es un número conocido pero no tengo ganas de hablar no contesto.

Pero hace un momento, el teléfono ha vuelto a sonar y era una voz deseada.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Con ustedes: Medea, mi nueva cafetera

Me pasa algo curioso con las cafeteras y con los celulares. Nunca he comprado un celular. Por innumerables circunstancias, desde el primer celular que tuve (un motorola negro que quise mucho), hasta los actuales que tengo, todos han sido inesperados obsequios.

Bueno, pues, acabo de descubrir que me pasa algo igual con las cafeteras. La primera cafetera que tuve nos la ganamos en un sorteo de Super Tiendas Modelo (ah, las extintas tiendas mugrero). La segunda (mi Hamilton Beach que me acompañó durante casi una década 2000-2009 q.d.e.p.) me la obsequió la madre un amigo entrañable.

Medea es mi tercera cafetera.
Ella y quien me la obsequió son un regalo único.

Larga vida a Medea.

Händel


Mi madre solía llevarme a una enorme tienda de estambres.

Ahora que me lo pienso seguramente aquel establecimiento no era tan enorme como lo recuerdo. Supongo que mis seis o siete años hacían que todo pareciera más grande. Lo cierto es que me gustaba ir a esa tienda, ver las madejas de todos colores y tamaños. Me gustaba saber que aquel estambre se convertiría en un suéter, en un chalequito, en una bufanda. Me gustaba que mi mamá nos dejara escoger los colores, las posibles combinaciones.

Nunca aprendí a tejer. O quizá, para no faltar a la verdad, deba decir que si aprendí pero que lo he olvidado, igual que olvidé cómo hacer tostadas francesas y cómo bailar sin inhibiciones y en estado de sobriedad.

En casa siempre había estambre.
Tejía mi madre, mi abuela, tejía mi hermana.

Pienso en agujas de tejer y pienso en mecedoras, en tardes de charlas, en rezos. Todo eso viene junto en el mismo archivo. No tengo la menor idea de por qué hoy recordé el estambre, la textura en los dedos. Los colores. Sobre todo recuerdo un estambre color aguamarina que estaba en uno de los estantes de aquella tienda. Me veo a mi parada junto al mostrador, en invierno, me recuerdo levantando mi mano para señalar aquel estambre en sólida madeja.

Tal vez todo sea mentira.

Tal vez ni la tienda, ni estambres ni aquella madeja aguamarina.

Cómo saber si la memoria. Quizá pensé en el estambre porque pensé en el olvido.

Pensé en el estambre porque pensé en los hilos.
En hilos con los que tejemos: las apuestas, las decisiones, los abandonos.

Un hilo suelto. Eso.

Dejar hilos sueltos. Tal vez sea lo mismo. Tal vez yo podría también ser el manco que un día acertó la carambola.

Tal vez alguien más teje sobre mí. Teje conmigo.

Las agujas una y otra vez.

Las agujas.

Todo tejido es azar.

Todo tejido es sombra.


lunes 9 de noviembre de 2009

Zoo


Ah, es una bendición poder volver a tomar leche. Sobre todo porque así puedo beber mis muy queridos chai tortuga o flamingo, los cuales, dicho sea de paso, a falta de café se han convertido en mi bebida caliente favorita. Y es que con este nortecito se antoja una tacita de té y una cobijita (si, donde escribí cobijita, léase cobijita, jajaja). Justo acabo de pasar al Degás por un tortuga deslactosado y un par de sobrecitos para mañana y pasado mañana prepararme unos tecitos caseros. Creo que últimamente he retornado a mis rutinas hogareñas y lo disfruto mucho. Debo decir que hace mucho tiempo no me sentía como hoy, en casa.

domingo 8 de noviembre de 2009

domingo de prestidigitación: nada por aquí, nada por allá... y de pronto la cotidianeidad


(imagen de Rafael Morgan)

sábado 7 de noviembre de 2009

Anoche (canal 22) un terror (nunca antes) compartido


Los cadáveres marchan rígidos a través de un paisaje tropical, al ritmo de hipnóticos sonidos de tambores se oyen en la siniestra noche. Una curiosa sensación de pavor es la bienvenida a una joven pareja en su primera noche en Haití, mientras van hacia el castillo del misterioso Sr. Beaumont (Bela Lugosi). Repentinamente la inocente joven pareja está sumergida en el atroz mundo de los muertos vivientes. El zombie Blanco es considerada como uno de los más evocativos clásicos del horror.

Aquí abajo la película completa. Recomendación absoluta.

jueves 5 de noviembre de 2009

El pronóstico de clima en google...


me dice que lloverá todo el fin de semana. Acabo de ir por un tortuga deslactosado y de comer medio pastel de elote (no pude más, estaba delicioso pero últimamente ya no puedo comer en las cantidades que antes). Tengo treinta cosas que hacer: pendientes, miles de pendientes del trabajo, un proyecto de beca que redactar y desde luego mi avance de tesis que va como el chai que tomo ahora. Pero nada, en realidad no tengo ganas de hacer nada. Lo que me gustaría sería tener una mecedora y sentarme en el corredor de un patio a fumar y a sentir el fresco de la tarde. Sola o con compañía, porque tiene razón la elesabidilla, la felicidad está en la presencia y compañía, pero también en la ausencia y la nostalgia. También me gustaría acostarme en mi sillón café a leer, pero tengo tanto sueño acumulado que seguramente me quedaría dormida.

Estos últimos días han sido de descubrimientos, o al menos así lo parecen ahora. Descubrir que los amigos se van haciendo viejos, que tal vez uno debiera prestarles más atención, cuidarlos. Descubrir que poco puede uno hacer por el otro cuando la instatisfacción y el extravío. Que las bifurcaciones y los inesperados encuentros. Todo en el mismo vaso. Apurar el trago justo antes. Descubrir todas las decisiones insensatas, toda la inmadurez junta. Descubrir que extraño esos años universitarios. Que extraño muchísimo a la Irma y al Humberto de entonces, pero no me extraño a mi misma en absoluto. Saber ahora lo que entonces no supe. Las revelaciones tardías, oportunamente tardías.

Descubrir, por ejemplo, que quizá fue un desacierto la elección de mi carrera, ahora pienso que me habría gustado estudiar antropología. Descubrir la inutilidad de los caminos fáciles. La neblina al rededor de los motivos. Eso, saber que no sé aún hacia dónde quiero dirigirme, qué tan rápido o lento. En enero de 2010 cumpliré 32 años. Ayer que fui a la UNE recordé que saliendo de la universidad comencé a trabajar ahí, tenía 22 años y le daba clases a maestros de cuarenta y cincuenta años ¿cómo es que han pasado diez años desde entonces?

El precio de la lucidez es alto, dice un libro que leo.

Lo que daría por un encender un cigarro en este momento.


Girondo


Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.

sábado 31 de octubre de 2009

de reciclaje papelera de


  1. Migración de archivos. No reiniciar. No suspender.
  2. Lo que parece indispensable es, en todo caso, contingente.
  3. Él en realidad sólo pensó que la muerte no debía encontrarlo sin bañarse, sin tomar café.
  4. Digamos que olvidar el formato para hacer el presupuesto 2010 fue oportuno.
  5. Un signo acaso de la inmediatez, del amor como inmediatez.
  6. Eliminar carpetas. No cortar y pegar: eliminar.
  7. Aquí los estragos, los accidentes, las precuelas.
  8. Dejar la carcasa lo más pulcra posible. No alimentar más.
  9. Una imagen que se recicla. Lo ajeno. Lo novísimo.
  10. La tem-po-ra-li-dad.