Un cuerpo empieza y termina contra otro cuerpo




La historia comienza con nuestros cuerpos en el piso [seis cuerpos de mujeres a los que se unirán uno más de un hombre y uno más de otra mujer]. Estamos sentadas sobre la duela y podemos mirar todos nuestros ángulos gracias al par de espejos que van del suelo al techo en los extremos del salón. Mónica nos pide que nos presentemos brevemente. Mónica nos pregunta si estamos dispuestas a descalzarnos. Todas nos quitamos los zapatos. [Los verbos que empiezan a hilarse: cantar, bailar, cocinar, tejer, dibujar, escribir.] Entonces, cuando es mi turno de hablar sobre mis razones para estar ahí, hablo sobre la distancia entre mi cuerpo y mi escritura. Les cuento que cuando era niña bailaba, cocinaba y tejía. Les cuento que en algún momento lo olvidé. Lo olvidó mi memoria y lo olvidó mi cuerpo. [No en este momento, pero después, Mayra hablará sobre las coyunturas abiertas por donde se escapa el alma. Por un susto. O por una pérdida, pienso yo. El susto de ausencia. Ese temor. (Y me queda claro ahora que sí, que estoy descoyuntada, que sin alma y quizá por eso la brecha entre mi cuerpo y mi yo) Para cerrar las coyunturas, dirá Mayra, tiene que venir alguien significativo para ti, tu padre o tu novio (entonces Mónica cuestiona que si tiene que ser un hombre y Mayra dice que no, que con que sea alguien importante para ti), y presionar con ambas manos cada una de tus coyunturas: hombros, muñecas, codos, corvas-rodillas, tobillos; tiene que venir alguien a cerrar las fisuras, los huecos, todo aquello por donde se fueron las cosas (me pregunto si por eso mi tendencia a la huida, si esas son mis puertas siempre abiertas, mis maletas listas, mi partida inminente)].

Mónica nos pide que nos incorporemos y empieza a darnos instrucciones con su voz y con su cuerpo. Hay que seguir los movimientos que ella propone. ¿Se resiste mi cuerpo? Sí. De inmediato. ¿Cómo voy a moverme al ritmo de la música enfrente de desconocidos? ¿Cómo va mi cuerpo a acoplarse, a improvisar, a hablar? Pero las instrucciones de Mónica no son impositivas, son más bien una invitación, una sugerencia. Cierro los ojos e intento apagar el aparato que todo lo piensa y lo cuestiona. Intento sentir y sólo sentir. Empieza entonces a activarse el mecanismo que se enciende cuando estoy en terapia, cuando he estado en hipnosis: me abandono a la voz que me da indicaciones, encuentro paz en seguir los dictados de esa voz que me llevan y conducen, esta vez, a conectarme con mi cuerpo. [Los verbos que se entrelazan: flexionar, girar, soltar, volar, aventar, sentir, reconocer].

Los cuerpos que son nuestros cuerpos se mueven en círculo, unos al lado de otros, hacia los lados, hacia delante y hacia atrás. Las manos recorren y los pies recorren y la cadera recorre. Todo es suave y fluye. Trabajamos mucho las manos, las manos nos guían como si tuviesen vida propia. Como si tuviesen vida propia comienzan a narrar pequeñas historias con sus leves movimientos. Las manos conducen al cuerpo. Los hombros giran y, en algún momento, retrocedemos hacia el centro. Los cuerpos se aproximan cada vez más y puedo verme en uno de los espejos acercándome hacia el punto donde todos los hombros y los cuerpos se unirán. Quedaré en medio de otros cuerpos, mi hombros tocarán los hombros de dos personas que acabo de conocer, pienso. La parte de mí que siempre quiere huir habla en voz baja. La escucho, pero no siento el deseo real de hacerle caso. Mi cuerpo, sin avisarme o consultarlo conmigo, la ignora, la pasa de largo y sigue avanzando hacia atrás, directo hacia los cuerpos. Cuando por fin mis hombros rozan los hombros de mis compañeras, para luego apretarse contra ellos, descubro que no es todo lo desagradable que pensé que sería. Por el contrario, hay un calorcito, hay una cosa de abrazo, hay algo que le dice a mi cuerpo: puedes ser otro, estás siendo otro.


Creo que me sentí parte de un todo y casi nunca me siento parte de nada. Estando en ese círculo, no una, sino varias veces (porque a lo largo del taller el contacto físico se fue incrementando), recargando mi espalda y mis hombros y mi pecho y mis piernas y mis brazos con las espaldashombrospechospiernasbrazos de las otras, deteniéndome morosamente en las manos ajenas que de pronto parecían una extensión de las mías, o simplemente en el abrazo a cada una al finalizar la sesión, en todas esas formas me sentí parte de algo, yo, que casi siempre me siento fuera de lugar.


Ir a escritura desde del cuerpo fue un descubrimiento para mí. Siempre he escrito desde la cabeza. Jamás pensé que el cuerpo podía ser un camino hacia la hechura de mis textos. Lo que encontré fue que mi escritura desde el cuerpo busca otros ritmos, no se conforma con los moldes que la escritura desde la cabeza tiene ya listos cuando empiezo a escribir. Mi escritura desde el cuerpo se autocensura menos que mi escritura desde la cabeza. Mi escritura desde el cuerpo recurre más a los sentidos. ¿Es más real? ¿En qué forma?


La estructura del taller se iba modificando según el ritmo de la respiración del grupo. Eso sentí. Llegábamos al salón y hacíamos un calentamiento antes de realizar movimientos que requerían un poco más de contacto, de fuerza o flexibilidad. Mónica siempre estuvo al pendiente de nuestro cuerpo, con un cuidado muy entrañable. No nos exigía de más. La cosa era llegar hasta donde uno pudiera o quisiera llegar. Después del trabajo con el cuerpo venía la escritura. Me pareció siempre un tiempo pausado. Sin prisas. Después la escritura se iba entretejiendo con otras cosas del cuerpo. Creo que si tuviera que resumir esta experiendia diría que sí, que se trató de escribir con el cuerpo, con las manos y con la respiración. Me quedo con el ejercicio donde caminamos lentamente, lo más lentamente posible de un extremo a otro del salón [pienso ahora en una escritura con los pies, telegráfica, hecha de puntos de apoyo, de titubeos, pasos en firme y pasos en falso]. Me quedo también con el ejercicio en que escribimos literalmente con nuestro cuerpo sobre la duela. ¿Qué escribimos? ¿Qué clase de lenguaje se crea con seis cuerpos sobre una duela? Mi lenguaje tenía que ver con el agua. Con recuperar algo perdido. Mi lenguaje tenía que ver con agujas y con hilos. Con tejerme a mí misma y tejerme junto con otros. Mi lenguaje era en realidad un lenguaje compartido.

[¿Y la voz? ¿Qué del lenguaje gutural, qué de los ecos y reverberaciones? ¿Qué de las grabaciones in situ y las repeticiones?(Me quedo además, y desde luego, con ese momento en que a ojos cerrados, la partitura de una enunciación, la sonoridad del loop.) Un lenguaje coral, pues. Un lenguaje hecho de fragmentos de todas nuestras voces y sus ecos.]


Alguien me preguntó alguna vez cómo serían mis textos si yo supiera bailar. Yo sabía bailar, pero lo olvidé. No le dije eso, pero lo pensé. En este taller bailé. Este taller hizo que me dieran ganas de bailar, de aprender a bailar y de bailar sola o con otros, aún sin saber bailar, aún sin música. Este taller me hizo desear que mis textos y yo aprendamos a bailar. 

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