Las líneas de viaje estaban marcadas como surcos por toda la suela


No tengo zapatos con historia. Los que tenían algo que narrar fueron quedándose en el camino: maltrechos, con tacones desgastados o suelas que fueron despegándose del resto como si quisieran emprender una vida aparte. 

Soy una convencida de que los zapatos que se hacían antes tenían la capacidad de durar más años. La obsolescencia programada ha llegado también a nuestros pies. Antes, cosidos, ahora pegados. Antes con suelas de goma, ahora con suelas sintéticas. La mayoría de mis zapatos del presente han sido fabricados para que vivan conmigo apenas dos o tres años. Apenas lo que han durado mis relaciones amorosas más largas. 

Recién me compré unas hermosas y poderosas botas rojas con las que espero formalizar una relación que dure, por lo menos, diez años. Al cabo de ese tiempo tal vez tenga una historia que contar de ellas: hacia dónde me llevaron, qué suelos pisé, que historia construí mientras mis pasos se enfundaban en ellas.

De mis zapatos del pasado los que más recuerdo fueron unos que me regalaron cuando estaba en el bachillerato. En ese entonces iba a la escuela con unos tenis que alguna vez habían sido blancos y que estaban más bien despegados hacia el noroeste, de modo que mi tres deditos más pequeños encontraban sitio para una ventilación permanente. Fue una amiga, Nery, quien me obsequió unos zapatos de segunda mano. No estoy segura si los había usado ella o alguien más de su familia, pero se amoldaron perfecto al tamaño de mi pie. 

Se trataba de unos zapatos color café claro, tipo mocasín, con agujetas al frente. Eran más bien unos zapatos masculinos, aunque no necesariamente creo que hubieran pertenecido a un hombre. Lo que más me gustaba de estos zapatos era que en la suela, por alguna extraña razón, tenían dibujado el mapa de una carretera. Las líneas de viaje estaban marcadas como surcos por toda la suela. Me sentía tan importante usándolos. Nadie ahí usaba mocasines como ésos. Estaban en bastante buen estado y yo pensaba que esos zapatos me hacían especial, que usar esos zapatos dirigiría mis pies por muchas carreteras, que esos zapatos me llevarían a viajar por lugares insospechados.

Recuerdo que por las tardes cuando llegaba a casa, solía quitármelos y voltearlos, para luego quedarme absorta viendo las rutas que se podían trazar en ellos e imaginar todos esos lugares desconocidos a los que algún día me llevarían. Esos zapatos eran una llave para algo que sabía imposible: irme de ese pueblo, tener otra clase de vida, ser una persona que tuviera historias por vivir y contar.

No sé qué fue de esos zapatos. Toda mi adolescencia es niebla. Apenas si conservo flashazos de los episodios de mi vida, así que ocurre igual con los objetos. Si hago un gran esfuerzo puedo reconstruir, quizá más bien recrear o reinventar esos zapatos, sus suelas que prometían toda clase de aventuras, que prometían un futuro.

Nunca viajé con ellos. Los mocasines-carretera nunca salieron de Ciudad Valles. Estoy segura de que los usé hasta que ya no pude andar más con ellos. Hasta que fue imposible poner un pie sobre el asfalto confiando en su buen cobijo. Estoy segura que sus suelas-cartografía terminaron casi borradas en algún basurero, que no hubo más historias para ellas que las imaginarias. Sin embargo, cumplieron su promesa: hubo futuro y carreteras, hubo este largo viaje que me lleva cada vez más lejos. 


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