He vuelto a soñar que vivo en enormes casas antiguas


He vuelto a soñar que vivo en enormes casas antiguas. Son sueños que siempre ocurren en tonos verdes. Las casas están llenas de muebles viejos. Todo está repleto de pertenencias ajenas: ropa, utensilios, cartas, fotografías. Como si aún estuviesen habitadas por otras personas y yo fuese una intrusa. Pero no, las casas me pertenecen. He llegado para tomar posesión de ellas y las recorro detenidamente. Habitación por habitación voy abriendo cajones, vitrinas, cómodas, armarios. Voy hurgando entre papeles y texturas. Hay siempre olor a humedad, como si todo estuviera a punto de sumergirse. Como si todo estuviera dentro de un sueño o de una pecera.

Pero nunca puedo saber dónde terminan esas inacabables casas. Siempre hay una estancia más por ver. Siempre una puerta más que traspasar. Anoche, por ejemplo, me detuve mucho rato en una recámara revisando todo lo que había en un tocador. El maquillaje, los perfumes, los afeites. Después el escritorio, lleno de documentos y libros. Luego me senté en la cama que estaba sin hacer y me quedé pensando en todas las personas que durmieron antes sobre esas sábanas. En cuántos años tendrían sin que nadie pasara su mano por su superficie. De cualquier forma no tuve el valor para recostarme en ella. Sólo me quedé ahí, sentada, sabiendo que toda aquella escena no podía ser real.

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