Las naves que ardieron



A ciencia cierta no sé a qué edad empecé a escribir mi primer diario. Tengo imágenes borrosas de pequeños e improvisados cuadernos que yo misma fabricaba con pedazos de hojas de máquina que recortaba y unía con hilo y aguja. Tengo también la vaga idea de haber escrito cosas en ellos pero no tengo certeza de que ese recuerdo sea real. Lo que sí está fijo en mi memoria es que en algún momento de mi infancia llegó a mis manos una agenda sin usar que correspondía a un año que ya había pasado. Era una agenda de una empresa de cosas marítimas. Recuerdo que entre mes y mes venían imágenes de barcos. Fue en esa agenda que comencé a escribir mi primer diario. Eran entradas esporádicas y breves. Escribí en él durante la primaria, la secundaria y la preparatoria. Escribí en él la crónica de mis días, los libros que leía y me emocionaban, las cosas que anhelaba o añoraba y, por supuesto, mis temores y tristezas. Recuerdo haber escrito mucho ahí sobre la soledad. Pero sobre todo, tengo la sensación de haber escrito en él todas esas cosas que consideraba imposibles y prohibidas. En todo caso era un registro de sueños en todos los sentidos. 

Para cuando emigré a la universidad la agenda estaba llena. No cabía una anotación más. No recuerdo cómo ni de dónde llegó a mis manos un cuaderno tipo diario, con pastas duras, de esos que se usan para llevar la contabilidad en las empresas. Ese fue entonces el diario de los cuatro años de la universidad. Aunque debo decir que para el último año, comencé a llevar en paralelo una bitácora que escribía en un archivo encriptado de word. Creo que con la escritura de un diario va siempre el miedo a que éste caiga en las manos inadecuadas. 

Ese diario, ese segundo diario no terminó lleno. Se quedó a la mitad porque paulatinamente dejé de escribir él para mudarme definitivamente a la computadora. No empezaría este blog sino hasta septiembre de 2005. Eso quiere decir que, después de terminar mi carrera, durante cuatro años seguí llevando un diario en aquellos archivos de word. 

Un buen día, en una mudanza, decidí deshacerme de todos los diarios, los físicos y los archivos. Digamos que no los leí completos por última vez, pero sí miré un poco en todas aquellas escrituras confesionales y pensé que en definitiva, aquella persona, es decir, aquellas personas que habían escrito cada una de esas páginas, eran otras Saras. Sentí que hurgaba en los diarios de alguien más. Sentí que ya no me pertenecían y que si debía partir de aquel lugar sólo con lo mío, esos diarios estaban de más. Eran ajenos y debía destruirlos por respeto a quien los había escrito. Fue una sensación muy extraña porque al romper sus hojas no sentí que destruía un registro de mi vida, no sentí que deshacía a un testigo, a una mirada que pudiera decirme algo de lo que soy. Justo ahora pienso si soy algo, si algo de lo que estuvo escrito en esas páginas me pertenece o se ha quedado hasta hoy día conmigo. No lo sé. Es probable que sí y que yo no lo haya sabido ver. Que no lo vea aún. 

Somos lo que nos narramos que somos, parafraseo una cita que leí hace tiempo. La memoria es artificio y los diarios, como las cartas, no son constructos inocentes. Hay en ellos una cierta perversión, un narcisimo que convierte el registro en ficción. ¿Qué tanto de lo que yo me cuento a mi misma sobre mí es cierto? ¿Qué tanto permanece estable al paso del tiempo? 

No creo que los diarios sean un espejo. Del mismo modo en que sucribo la idea de que las cartas que uno escribe son más para uno mismo que para los demás, pudiera pensar algo inverso: que los diarios los escribimos más para los otros que para nosotros mismos. Es decir, lo escribimos no para ese uno mismo que somos en el presente, sino para dejarle constancia a ese otro yo del futuro, para decirle algo a alguien que no conocemos aún, que no somos nosotros, que nunca lo seremos. 

Dejé de escribir un diario cuando tuve blog. Y digamos, honestamente, no es lo mismo un diario que un blog. Al menos no para mí. Nunca me he desnudado en este blog como llegué a hacerlo en mis diarios. Jamás lo haré. Sé también que lo más probable es que jamás vuelva a tener un diario. No sé por qué pero no siento ya la necesidad de escribir uno. Quizá esa tarde que me dí a la tarea de romper cada una de las hojas de los diarios de mi infancia y juventud, rompí algo más, una suerte de mecanismo que accionaba la rutina de narrarme a mi misma lo que yo era. Con el tiempo, debo confesar, comencé a narrarme con las personas que he amado, con mis seres queridos, oralmente o a través de cartas. 

Es cierto, escribía diarios cuando no tenía nadie a quién contarle quién era yo. Cuando no hallaba todavía bien las palabras para hacerlo. Cuando pensaba que nadie iba a entenderme. Quizá los destruí cuando finalmente me entendí, cuando finalmente las naves que ardieron me habían llevado hasta mí como puerto propio.

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