El nombre, el yo, las islas.



Uno: ¿Es posible que yo hubiera? ¿Que yo? ¿Que antes?
Dos: Es posible sí, que tu nombre. 
Uno:
Dos: Es posible que los cuerpos.
Uno: 
Dos: Es posible que tu nombre y los cuerpos. Que tú hubieras. Que antes.
Uno: ¿Y las islas? ¿Las conversaciones? ¿La demora?
Dos: 
Uno: ¿Las casas que abandonamos? ¿Todos esos patios?
Dos:
Uno: ¿Dejamos luces prendidas? ¿Salimos sin cerrar las puertas?
Dos: 
Uno: Pero ¿si fuimos nosotros los que en la huida?
Dos: Es posible sí, que hayamos sido nosotros. Son posibles todos los patios y todas la puertas y todas las casas que abandonamos con las luces encendidas. La demora y las conversaciones. Las islas no. Esas son parte de la ficción y del asilo.
Uno: Pero, digamos ¿hubo alguna vez una isla con tu nombre? ¿Hubo un antes? ¿Hubo un yo?
Dos: Hubo sí, un nombre y también los cuerpos. Un antes y un nosotros.
Uno: Hubo un yo, entonces. Islas.
Dos: Es posible, sí, también que yo mintiera y que las islas y el yo y el hubiera.
Uno:
Dos: También es posible que no mintiera y que sólo en el presente, que ninguna prisa, ninguna huida. Que ningún nada.
Uno:
Dos:
Uno: ¿Es posible que la isla del nosotros?
Dos: Es posible, sí. El periplo y la demora. Sí. 
Uno:
Dos:
Uno:
Dos:
Uno:
Dos:
Uno: ¿Pero también es posible que mientas?
Dos: Es posible, sí, el nombre, el yo, las islas.


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