Esas albercas bajo la escalera



Las albercas desde siempre. Desde niña. Bajo la escalera. En la memoria. En las palabras dichas en voz baja. En los murmullos de las pláticas de los adultos. En los fragmentos de las conversaciones. Bajo la escalera. En el cemento fresco las huellas todavía húmedas. Yo no sé si esta historia es verdadera o no. Pero la memoria. Esa isla. Las albercas desde siempre. Que los adultos digan que un día descubrieron las huellas de unas pequeñas manos bajo la escalera exterior de la casa de tu infancia. Que los adultos cuenten que los primeros moradores de esa casa eran una pareja de maestros con un hijo. Que los adultos relaten que en una excursión escolar a un balneario de pronto el hijo ya no estaba. De pronto la búsqueda que termina en el cuerpo del pequeño en el fondo de una alberca. Esos mosaicos. Esa prisa. Bajo la escalera. Desde niña. Que los adultos insistan en que esas pequeñas huellas bajo la escalera. Las huellas de unas manos breves. El cuerpo del niño antes de ser sepulto. Como una memoria. Como una isla. Bajo la escalera. En las conversaciones. Saber que ahí donde uno jugaba estuvo un pequeño cuerpo, instantáneo. Imposible ya. Saber que el matrimonio no pudo con la culpa, que por eso se deshizo de la casa donde uno pasó la infancia. Que bajo esa escalera, guardabas siempre ese viejo camastro de playa donde las lecturas. Sí, también esas las albercas ajenas y tristes. Esas albercas vacías y sucias. Esas albercas bajo la escalera. Desde niña. En la memoria.

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