Mucho



Sobreviví la preparatoria gracias a un grupo de amigos que me hizo pasables esas duras épocas de hambre y orfandad. Mi madre había muerto hacía poco más de un par de años y yo había decidido no estudiar la preparatoria. En realidad no es que hubiera decidido nada, es que no tenía dinero para pagar ninguna escuela. Más aún, no tenía dinero para comprar ropa para poder ir a la escuela. Había decidido que entraría de dependienta en alguna tienda. Ser empleada de mostrador era entonces mi perspectiva de destino. Pero resultó que mi padre necesitaba algunos documentos para pensionarse, entre ellos las actas de nacimiento de sus hijas, así que fue a buscarnos con ese fin: demostrar que tenía dos hijas para que le dieran una tarifa más alta en su pensión. Para eso nos quiso ver la última vez que lo vimos. Sin embargo no me quejo, para nada. Siempre dicho que lo mejor que pudo haber hecho mi padre fue abandonarnos. Yo no habría podido ni por asomo ser quien soy si hubiera vivido con él. Así que le dije a mi padre que quería estudiar la preparatoria pero que no tenía dinero. Me dio 500 pesos con los que fui a Milano a comprarme lo que me alcanzó de ropa para poder ira a la escuela. Dos de mis amigas de la secundaria me habían dicho que entrarían al Colegio de Bachilleres, que ahí no cobraban y que no era necesario llevar uniforme. Así fue como entré a estudiar la preparatoria. Me iba a la escuela a pie porque no tenía para el pasaje. Me iba a la escuela sin probar bocado porque no tenía para el desayuno. Nunca tenía para los libros, ni para los cuadernos, ni para las copias. Nunca tenía dinero. A duras penas comíamos y a veces iba a clases con unos tenis rotos por donde se asomaban mis deditos. Ellos, ese grupo de amigos me hizo ser feliz a pesar de todas esas vicisitudes. Ahí estuvo Nery, la recién llegada de Chihuahua, quien me compartía de su lonche, sin tener idea ni vanagloriarse de su generosidad. Ahí estaban también Amanda y Juana Elizabeth con quienes reía sin parar de tonterías y quienes escuchaban todas mis cuitas. Ahí estaban también Arturo, David y Dorian. Todas esas tardes de tareas por equipo. Aquella vez que me hicieron la fiesta sorpresa por mi cumpleaños. Fui muy feliz estudiando mi preparatoria. Pasándoles las tareas y los exámenes. Dejando que me invitaran un refresco o que me dieran raid cuando podían. Haciéndoles los planos de dibujo arquitectónico y cobrándoles una módica feria para ir sobreviviendo. Ellos quizá nunca lo sabrán. Aunque se los diga y se los repita. Ellos nunca sabrán cuánto bien me hicieron siendo mis amigos. Lo feliz que fui en esos salones sucios. 

Hoy que los he vuelto a encontrar en Facebook, quisiera compensarlos por todo eso que sin saber me dieron. No sé como. No creo que haya forma. Les he enviado mis libros con bonitas dedicatorias y algunos obsequios a varios de ellos. Eso es todo. A veces no hay forma de pagar la generosidad de los demás. A veces sólo queda saberse afortunado. Mucho.

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