Dos mujeres en la calle



De niña mi mamá solía vestirme a su gusto. Mientras mi mamá vivió fui, lo que se dice, una niña muy "femenina". Shorts coquetos y blusitas con detalles. Faldas y vestidos con olanes. Crinolinas. Pantalones con pecheras coloridas. Moñitos en el cabello, colitas y peinados. No recuerdo haber sido infeliz por eso. Al contrario, me gustaban las crinolinas, me recuerdo sintiéndome bonita, por ejemplo. 

Luego pasaron muchas cosas, entre otras que durante muchos años no pude decidir la ropa que quería ponerme porque me ponía lo que había, lo que a otros ya no les quedaba y caía en mis manos. Tampoco recuerdo haber sido infeliz por eso. La ropa es sólo envoltorio, pensaba. 

Después, años más tarde, cuando pude empezar a decidir qué ponerme, me había olvidado ya de los vestidos y las faldas. Algo pasó, supongo que la distancia, ese ya no estar acostumbrada a usarlos. La tonta idea de que me vería ridícula o mal. Digo, también estaba el asunto del sobrepeso, nada menos que treinta kilos de sobrepeso. Pero aún así, conozco mujeres obesas que se visten con faldas y vestidos y se ven muy bien. Era en todo caso un asunto de inseguridades y de una carga simbólica y emocional con esas prendas. Toda ese conjunto de prácticas "femeninas" relacionadas con la madre perdida. Supongo que de ahí proviene, nunca lo exploré a detalle.

El caso es que por inercia, por no saber cómo acercarme, me alejé de esas prácticas consideradas como parte del universo de lo femenino.  Quizá sí me faltaron más años de ver a mi madre maquillarse o arreglarse. Quizá fue otra cosa, seguramente. Supongo que muchas mujeres lo aprenden con sus amigas. Yo, por ejemplo, he de confesar que nunca aprendí a maquillarme, ni a andar con tacones ni a coquetear. El asunto es que mi arreglo rayaba más bien en lo considerado "no femenino". Pantalones de mezclilla no pegados al cuerpo, blusas sueltas, zapatos cerrados que no encajan en la definición de lo fashion, nada o muy poco maquillaje. Y desde luego el punto de que tampoco aprendí nunca a peinarme. Así que sí, mi imagen rayaba más bien en lo calificado como "masculino".  No recuerdo haber sido infeliz por eso en forma alguna tampoco. Me sentía cómoda e invisible. Me sentía fuera de las exigencias de lo "femenino".

Cuando cumplí treinta años y perdí esos treinta kilos, por ciertas cuestiones personales decidí convertirme en otra distinta de la que había sido entonces ¿Y qué mejor forma de ser otra que vestirse de otra? El disfraz que termina convirtiéndose en identidad. Ese viejo truco. Disfrázate de lo que quieres ser. Luego, simplemente, cree que lo eres. Y ya. Así de simple. 

La cosa fue tan sencilla como un día atreverme a de nuevo ponerme una falda o un vestido. Bastó con tomarlo de la estantería de la tienda y probármelo para sentir que sí, que le iba muy bien a este nuevo cuerpo. Un nuevo vestuario para un nuevo cuerpo para una nueva persona. Qué simple y al mismo tiempo qué complejo. Todo es viaje para llegar al punto de una prenda. Una prenda. Un disfraz. Una identidad. Recobrada. Reinventada. Reivindicada. Otra y la misma.

Pero la trampa está ahí implícita. Porque es cierto que en cuanto me puse una falda o un vestido me sentí, sí "más mujer". ¿Por qué? ¿Por qué carajos una falda o un vestido me hizo sentirme "más mujer"? Quiero que me entiendan que no es que racionalmente yo llegara a esa conclusión, era un asunto de tripa. Un asunto de cultura. Con un vestido siempre seré más sexy. Con un vestido siempre seré más mujer. He ahí el entramado cultural desde la infancia. Las niñas usan vestido. Los niños, pantalones. Y esto está más allá de mí, no soy yo la que lo pienso. No soy yo, desde luego, la que lo inventó. Y está tan adentro, que, desde luego, si traigo falda o vestido, me siento más sexy, más atractiva, más seductora. Y pienso en Juan García Ponce y sus descripciones de Mariana y María Inés, sus faldas, sus vestidos. Todo ese derroche de sensualidad. Cómo hacer a un lado esas imágenes y esas lecturas de mi adolescencia. Ellas eran lo sexual, lo sensual, lo deseable. Yo quiero ser Mariana y María Inés. En el fondo desde luego, quiero ser ellas porque ellas son las personificación de la imagen femenina, de la deseada y deseable imagen femenina. Todos esos constructos metidos en mi cabecita. Tantos constructos en las de todas.

Algo que no se puede obviar. Los hombres me miran más cuando voy por la calle con un vestido o una falda. Cuando me arreglo lo más parecido a lo que es una mujer. Cuando me disfrazo de mujer. O de lo que la cultura dice que es una mujer. 

Un ejemplo: hoy por la mañana mientras caminaba a mi oficina. Me puse una falda y una blusa sin mangas por el asunto de los calores. Venía en mi mundo y de pronto al cobrar conciencia me percaté de un tipo que venía hacia a mí con una sonrisa de burla. Dije ¿pero de qué se ríe? Hasta que me fijé que a un metro adelante de mí iba una mujer, que por sus pantalones, botas, camisa y forma de andar, sí, en definitiva, parecía una mujer "masculina", bajo los prejuicios que nos rondan, es posible que muchos la hubiesen calificado de machorra o lesbiana. No tengo la menor idea si lo era o no. Yo sólo la vi por un instante y lo único que podría hacer es describir su tipo de vestimenta. Pero luego, luego de la sonrisa de burla el tipo volteó a verme y entonces la mirada, la libidinosa mirada en ciertos tipos que ya conocemos. 

Me quedo pensando en los esquemas de este hombre. En mi lectura, el hombre se burló de la mujer-hombre y le gustó la mujer-mujer. ¿Pero quién carajo dice lo que es ser mujer? ¿Puede alguien ser "más mujer" que alguien? Dos mujeres, quizá en el fondo más iguales de lo que él pudiera imaginarse. 

Sólo dos mujeres caminando por la calle. 

[Y pensé entonces en esa otra mujer que fui

en esa otra mujer que soy ahora]


Dos mujeres en la calle.

Kirchner.

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