Reescritura



Nunca había sentido esta sensación. La sensación de vértigo al reescribir. La sensación de que una sola palabra que escriba o que altere o que omita puede cambiar el sentido, la posible dirección o rumbo de esta escritura. Pero ¿existe tal cosa? ¿De verdad podría yo alterar algo?

Pero aquí está, abrumándome, la sensación de que lo que estoy escribiendo es real. Como si mis palabras crearan una realidad en alguna parte y yo fuera responsable por esa realidad, por la existencia de esos escenarios y lo que ahí se nombra. Como si nunca antes hubiera escrito nada. Como si estas fueran mis primeras palabras, mis primeras atmósferas. Las únicas reales.

La sensación de que estoy alterando un orden. Un sentido. Un otro significante. 

La sensación de que que hay un mundo ahí, rozando éste y que ése mundo es sólo mío.

La sensación casi corpórea de intervenir un texto, un cuerpo. De colocar el artefacto, el órgano, el elemento omnisciente. Como quien se convierte en intruso de sí mismo. Como quien se infiltra en sí mismo a través de sus palabras, a través de sus textos. Eso siento. Como si estuviera entrando en un mundo construido por mi, un mundo real, pero que lo hiciera a escondidas, por la puerta trasera, haciendo trampa. Una especie de sabotaje pactado.

Como si ya me hubiera ido de un lugar y estuviera en otro. Uno que nunca  antes. Como si la escritura justo en este momento me hubiera transportado a otro lugar, un sitio adyacente, un sitio casi perceptible pero que sólo yo podré, que sólo yo entenderé, que sólo yo nombraré.

Quiero volver a este lugar, le dije. Quiero que este lugar sea mi casa, mi otra casa. Ya puse un pie aquí, y sé que puedo olvidarlo como tantas otras cosas, pero no quiero, no quiero olvidar esta sensación. No quiero olvidar este universo, esta casa, este sitio. Házme volver. Házme crecerlo. Házme saber quién soy aquí.

Como si esta sensación fuera una droga. Como si yo fuera una junkie no en rehabilitación sino en reescritura.

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