Eso de nunca irse



Eso de volver a ver a los amigos. Abordar un autobús e ir hacia los territorios abandonados. Eso de sentarse en una mesa con extraños a compartir los alimentos. Pedir una campechana y una coca cola, ir pasándonos de mano en mano la catsup, los limones, las servilletas. Eso de que la rocola empiece a tocar una canción de Rigo Tovar sin que nadie la hubiese pedido. Iniciar conversaciones que fluyen y se diluyen. Eso de los abrazos dilatados que llegan y estallan y ponen de nuevo todo en orden. Retomar el hilo de un discurso que a través de los años no ha cambiado. Eso de que todos de vayan yendo de la mesa, que todos dejen el dinero de su consumo y ser los últimos, los que pagan la cuenta y dejan la propina. Eso de borrón y cuenta nueva y que venga otra dos equis, otra bohemia. Las risas a ras de la mesa, en el lugar de siempre, en el lugar del que en realidad uno nunca se ha ido. Eso de irse sin irse. Eso de quedarse únicamente si uno se marcha. Ir del restaurante al café. Eso de la itinerancia. Caminar por los mercados, las plazas y las iglesias. No reconocer una ciudad que nunca fue propia. No reconocerse más que en las palabras que caen como siempre, como lluvia, como siempre. Eso de que la tarde se marche mientras uno discute lo que no tiene arreglo, mientras uno desordena el mundo, mientras uno recobra algo de lo perdido en la mesa de un café. Eso de salir cuando la noche y despedirse sin despedirse. Eso de no querer irse. Eso de no haberse ido. Eso de ser fantasma o criminal. Eso de regresar siempre. Andar las calles en busca de agua. El transporte. El domicilio. Y llegar y hablar y hablar como quien retoma una conversación nunca terminada. Como el orden del discurso y citar a Foucault y recordar todas esas noches y todas esas charlas y todos esos domicilios que son el mismo. Todo el tiempo gravitando. Todos nosotros. Los nosotros. Todos nosotros estamos aquí siempre y repetimos las mismas palabras y comemos en los mismos lugares y nunca nos fuimos y fuimos otros, los otros que siempre vivieron felices, que nunca vivieron felices. Eso de que la madrugada nos halle despiertos recordando todo lo que no. Eso de dormir en camas ajenas y despertar con el ruido del ventilador y la resolana. Eso de despertar y que todo pudiera ser como antes. Eso de antes. De siempre. Ir a desayunar un consomé de borrego a Don Borrego. Un agua de jamaica. Y sentir el rumor de la playa cerca. Esa inminencia. Eso de abordar un autobús y alejarse. Eso de nunca irse.

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