Tránsito



Caminar por las mañanas es uno de los puntos más altos de mi día. La pereza inicial que acompaña al sonido del despertador y los movimientos torpes con los que una se pone la ropa deportiva quedan atrás cuando al cerrar la puerta de mi casa me coloco mis audífonos y el mundo parece ser otro más suave, más habitable, más mío. Sé que son mis puñetas personales las que me hacen sentir que esa media hora no estoy aquí. No estoy en el mundo, en la realidad. Esa media hora estoy en una especie de limbo pactado. Como cuando se hace un trayecto en avión o autobús. Ese no estar sino en tránsito. Así me siento cuando empiezo a caminar por las calles de mi colonia y me dirijo al estadio, cuando pongo mis pies sobre la pista y comienzo a andar en círculos. Nunca me ha gustado caminar acompañada. Sólo una vez en mi vida lo hice y fue con Humberto. Extraño esos trayectos de dos horas por la noche, a veces en silencio a veces con pláticas fluctuantes. Con nadie más. Lo cierto es que prefiero crear esa burbuja en dónde sólo somos la música y yo. A veces caminar es sólo ese aferrarse a no estar. Aferrarse a la sensación de partir. Aferrarse a la sensación de estar yendo hacia alguna parte. Embarcarse. Como quien se prepara para un largo viaje instantáneo. Como quien emprende periplos solubles. 

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