Vidrios rotos


Mi madre se había encerrado en su pieza desde la mañana temprano y sus chillidos se mezclaban con el estruendo de los objetos que arrojaba contra la pared. Sentí los vidrios rotos de la ventana y al asomarme alcancé a ver su melena colorina desparramada sobre la sábana. Entonces lloré. Tenía 14 y sentí vergüenza y rabia de llorar. Lo recordé al oír a mis dos hijos chillar en la pieza única que teníamos con mi mujer, la chica de meses había despertado al mayor y los dos berreaban contorsionándose con furia. Mientras me alejaba supe que no iba a volver. Después, cuando me tomaron el 11 llegué a creer que me lo merecía. Es que no puedes pararla loca de mierda, quise gritarle, pero sólo me puse a llorar. Me acordé esa mañana, ya lo dije, cuando dejé a mi mujer y los dos chicos. Me operé de ellos. Así de simple. Fue el 73, en mayo, y al salir atardecía. En la noche me junté con mis compañeros y fuimos de putas. No tenía un peso y si lo tenía me lo gasté allí. Busqué una que tuviera pelo rojo. Más allá el sol y unos cuantos vidrios rotos.


Raúl Zurita
Las ciudades de agua

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