Tardes de mayo


El otro día entré a una tienda y ví un vestido. Un vestido blanco, sencillo, corte imperio. Tomé el que consideré sería de mi talla y entré al probador. Me lo puse y me ví al espejo: aquella efectivamente era yo. Me gustó lo que ví. Me gustó la sensación de tener puesto un vestido y en especial un vestido blanco. Me pregunté cómo fue posible que hubiera olvidado lo bonito que es ponerse un vestido. Lo suave. Eso, la suavidad de un vestido. Total que haciendo cuentas resulta que tenía más de 20 años de no ponerme uno. Sobra decir que nunca me había comprado un vestido en mi vida. Digo, de niña los usé, pero yo nunca me había comprado uno. Así que me quité el vestido, me volví a poner mis jeans y me dirigí a la caja a pagar un anticipo. No he ido a recogerlo todavía, me falta aún pagar el resto, pero yo ya lo considero mío. 

[Hoy te recuerdo así, ésta es mi forma de decir que aún, y a pesar de todo, te pienso, que sigo recordando esas tardes de mayo, de blanco, llevando flores a ese altar hoy derruido].

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