Placebos para descafeinados



Anoche, en el sueño, una casa ajena. Paredes verdes, mosaicos antiguos ídem. Un cuarto de baño, una regadera [alguien observa los orificios, el agua que cae]. Sentada sobre vigas. Sobre un vagón en reposo. Vacíos los pisos, una linterna. Aquel quinqué sin nombre. En los dedos un imaginario cigarro que ya nunca. El movimiento de los autos. El movimiento del vagón. Un recorrido por la ciudad onírica. Suburbios. Construcciones sin terminar, castillos que por plantas. Lagunas en la memoria. Aquí la certeza de que he olvidado lo que pronuncié esa noche y otras tantas [de modo que no abrí la puerta, que el agua no se bebió]. Aquí los vocablos que tu mano escribe, que las teclas, que no son territorios conquistados. La geografía bajo el manto. La continuidad que absorbe. Yo preguntando algo intrascendente. Yo intentando consumar un acto ilícito. Algo que trazado dejó de tener sentido. Ser ese otro que uno no intuyó que podría ser. Recordarse en las palabras que alguien escribió con prisa sobre un teclado lejano. Digamos que ahora ese movimiento de los dedos es sólo un ademán ficticio. Un intercambio de edades, de pensamientos. Una forma de regresar a casa cuando uno se sabe perdido. Si, tu mano podría ser eso. Y las calles de madrugada, que fueron entonces una trampa sin saberlo, me habrían sorprendido en la vigilia. Y las calles de madrugada, esas trampas, son ahora sólo bruma.

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