Juan sin miedo


Pero me tomo unos minutos antes de la regadera para escribir. Le robo al vértigo de estos días extraños un acceso a lo que queda de la que hasta ahora. Sé que todo el tiempo nos convertimos en otros. No creo en identidades sustancialistas. Sé que justo ahora algo en mí y en todos cambia, que siempre ha sido así. Que así será. Sin embargo justo en estos últimos días, en su vértigo, en su extrañeza. Descubro cómo el cambio adviene de una manera significativa. ¿Se convierte uno paulatinamente en el disfraz que porta? ¿Hay algo de la impostura que se adhiere a la piel de forma irreversible? No traigo máscara para los atavíos de la moral y las buenas costumbres. No es ese mi antifaz. Mi disfraz es la armadura que uso para encarar al mundo. Pesada armadura que a veces como yelmo oxidado resulta ya inútil. Nunca he sido Juan sin miedo (recuerdo la canción que decía: Juan sin miedo es un muchacho, Juan sin miedo es soñador, Juan sin miedo es un jinete, que no conoce el temor). Repito, nunca he sido Juan sin miedo. Soy más bien del tipo Sr. Monk. Lo huraño, lo ermitaño, lo que se aparta, lo obsesivo, lo RARO. Pero justo ayer, en carretera, viéndome en el espejo retrovisor. Justo ayer mientras hablaba otra que no era yo. Mientras el azogue me devolvía, la cámara fotográfica me devolvía, la imagen de una que jamás yo. Entonces pensé que justo ahora me estoy convirtiendo en otra. Esa que habla ahí al ras de una mesa. Esa que llena una maleta y parte. Que intenta como Perseo, calzarse aladas sandaliar y vencer desde la no mirada. Esa que afronta la noche, una calle desconocida, que se arma de palabras, de intenciones y pretende como todos, ir en cierta dirección. Esa que abre puertas para que otros, o nadie, o jamás un umbral. Esa que a lidiar con las penumbras. Esa, justo esa en la que siempre dije que no me convertiría.

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