La extraviada


Pensé que debía haber un error. Esa mujer en el pasillo del supermercado que conversaba con otra sobre el precio de los detergentes líquidos para ropa blanca y ropa de color no era, en todo caso, yo. Esa mujer que sonreía y articulaba frases mientras sostenía una botella azul en la mano izquierda, la misma que momentos después tomaría de una iluminada y cálida fuente de alimentos una pequeña charola de arroz, la misma que acudiría a la caja número dos (una de esas cajas rápidas donde sólo se cobra a quienes llevan menos de veinte artículos), la misma que abordaría un taxi y daría una dirección falsa. ¿Era yo esa mujer? La que había escrito aquel libro por el cual la pregunta en boca de una estudiante. ¿Había escrito yo en realidad ese libro? Esa mujer que ahora cabello largo, zapatos negros de tacón breve, había alguna vez creído que aquello, la escritura. Debe haber un error porque la mujer de la contraportada no soy yo. La mirada de la mujer de la contraportada no es la mía, no me pertenece. Debe, insisto, tratarse de una interpretación fallida. Aquellas palabras, una fuga. Algo trasminado. Un líquido. Enfermos que emprenden la huída antes de la curación. Un intercambio de inflexiones, esa que habla cuando ausentes los signos. La que escribió cartas y responsos. Sigo pensando que debe haber un error. Esa mujer que desciende la escalera y se aproxima, que saluda y besa las mejillas de extraños, que da la mano mientras sonríe, ensayada, maquinal. La misma que otra. La otra. Esa que no, la ajena.

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