Oh, París


De pronto la vida se aparece como eso: fragmentos. Pequeñas historias que no parecen tener principio ni fin. La vida como intersección. Lo accidental. Lo momentáneo. Lo inmediato.

Julieta Venegas, en su sabiduría pop, nos advierte: el presente es lo único que hay.

Yo pienso en eso: en la historia del joven ciego y la incipiente actriz. La breve, brevísima secuencia en que el flash back nos muestra la historia de sus vidas. Yo presenté un examen, dice, él, la llevé a las audiciones. Lo que uno puede ver es la repetición de actos que parecen anodinos. Caminar por la calle, cepillarse los dientes, reirse, alguien estudia un libreto, alguien grita, ir en el metro, recargar la cabeza en el hombro del otro, ir al cine, compartir la comida.

Yo pienso en eso: una conversación con los amigos, manos que se entrelazan, un sorbo de vino, aspirar el humo del cigarro que no, los besos que a ron y chocolate, una pequeña galleta en forma de u, una canción de Cecilia Toussaint, quedarse dormido a la mitad de una oración, combatir el frío, otra conversación con los amigos, ir de la filosofía de la ciencia a los zombies de Romero, hablar de migraciones y ciudades, tener la certeza del aquí. En algún momento el llanto, la tibieza de las lágrimas, la certeza del aquí.

Yo pienso en eso: la historia del hombre desenamorado que al actuar como un hombre enamorado (por ejemplo, leerle fragmentos de Sputnik, mi amor a su esposa) vuelve a enamorarse.

Tal vez sea eso, que somos lo que hacemos, sí, en el ahora.

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