El pronóstico de clima en google...


me dice que lloverá todo el fin de semana. Acabo de ir por un tortuga deslactosado y de comer medio pastel de elote (no pude más, estaba delicioso pero últimamente ya no puedo comer en las cantidades que antes). Tengo treinta cosas que hacer: pendientes, miles de pendientes del trabajo, un proyecto de beca que redactar y desde luego mi avance de tesis que va como el chai que tomo ahora. Pero nada, en realidad no tengo ganas de hacer nada. Lo que me gustaría sería tener una mecedora y sentarme en el corredor de un patio a fumar y a sentir el fresco de la tarde. Sola o con compañía, porque tiene razón la elesabidilla, la felicidad está en la presencia y compañía, pero también en la ausencia y la nostalgia. También me gustaría acostarme en mi sillón café a leer, pero tengo tanto sueño acumulado que seguramente me quedaría dormida.

Estos últimos días han sido de descubrimientos, o al menos así lo parecen ahora. Descubrir que los amigos se van haciendo viejos, que tal vez uno debiera prestarles más atención, cuidarlos. Descubrir que poco puede uno hacer por el otro cuando la instatisfacción y el extravío. Que las bifurcaciones y los inesperados encuentros. Todo en el mismo vaso. Apurar el trago justo antes. Descubrir todas las decisiones insensatas, toda la inmadurez junta. Descubrir que extraño esos años universitarios. Que extraño muchísimo a la Irma y al Humberto de entonces, pero no me extraño a mi misma en absoluto. Saber ahora lo que entonces no supe. Las revelaciones tardías, oportunamente tardías.

Descubrir, por ejemplo, que quizá fue un desacierto la elección de mi carrera, ahora pienso que me habría gustado estudiar antropología. Descubrir la inutilidad de los caminos fáciles. La neblina al rededor de los motivos. Eso, saber que no sé aún hacia dónde quiero dirigirme, qué tan rápido o lento. En enero de 2010 cumpliré 32 años. Ayer que fui a la UNE recordé que saliendo de la universidad comencé a trabajar ahí, tenía 22 años y le daba clases a maestros de cuarenta y cincuenta años ¿cómo es que han pasado diez años desde entonces?

El precio de la lucidez es alto, dice un libro que leo.

Lo que daría por un encender un cigarro en este momento.


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