Vasos comunicantes


La mañana del sábado comencé a leer De ánima de García Ponce. No consigo recordar con exactitud cuándo y cómo fue la primera vez que leí esta novela (escrita a manera de diario, dos versiones: Paloma y Gilberto). Me pasa algo siempre que leo a García Ponce, la realidad cobra otro significado. Las palabras, las imágenes, los recuerdos, todo asume una distinta interpretación. Pensar en una falda, en un suéter. Ir en taxi a la Universidad. Ver los árboles y los edificios. Escuchar conversaciones al azar. "Me sentía un poco ausente de mí misma y fuera de toda realidad", eso escribe Paloma. Conozco esa sensación.

La semana pasada tuve que viajar mucho en taxi por los apremios del tiempo y las apuraciones de la presentación de la Gaceta. No sé qué les pasa a los taxistas (ya sé que no es sólo conmigo) que tienen esta costumbre de irle contándole a uno su vida. Además da la casualidad que esta semana me subí a los automóviles de los taxistas más parlanchines de Tampico. La cosa es que los pobres taxistas que me contaron su vida esta semana nunca sabrán que en realidad estaban hablando con alquien que no estaba ahí. Yo oía su murmullo, los veía voltear a verme buscando algún gesto de aprobación y yo, mecánicamente soltaba de pronto un "ah", "ajá", "qué interesante", "no, pues sí", frases que encajan para todo y que hacen pensar al interlocutor que uno está poniendo atención, cuando en realidad uno se encuentra lejos de ahí, en otra parte.

Toda ausencia es presencia, de eso va el imaginario garciaponcesco. La ausencia como una forma de la presencia. Algo que no está y al mismo tiempo es en uno, con uno. Pero también va del estar ausente de sí, vertido, volcado en el otro. La ausencia de uno mismo como presencia en el otro. La ausencia de sí del otro como presencia en uno. Tal vez sólo palabras. Tal vez construcción del lenguaje, ¿pero qué somos, sino lenguaje? ¿no es el lenguaje un provocador, un hacedor de realidades? Al lenguaje me cobijo, a su sombra posible. A las voces que viajan, que acuden.

Esta mañana platicaba con mi querido amigo Eduardo sobre las ironías de la vida, sobre la paciencia y también sobre la urgencia. Me sorprende una vez más lo coincidentes que son nuestras vidas. Lo paralelas. Me da mucho gusto haber recuperado la amistad de Eduardo, y sobra decir que ahora, a pesar de la enorme distancia, lo siento más cerca que antes. Hemos madurado, supongo. Somos otros, ya no somos los universitarios que charlaban horas y horas frente a incontables tazas de café. A veces recuerdo a su padre, las tardes en que pequeños vasitos de vino tinto de por medio, me platicaba cómo había sido su juventud al lado de personajes como Diego Rivera y Frida Khalo. Recuerdo mucho dos anécdotas con su padre. Una cuando me contó que una vez había estado tan enojado que había atravezado una pared de cristal. Lo imaginé, imaginé a ese hombre de bastón que apenas si podía caminar, con la gallardía de su juventud, con su soberbia manifiesta atravezando sin miramientos ese umbral. La otra escena fue una tarde al volver de un café con él y con Humberto, cruzábamos una calle y un taxista lo increpó por su paso lento. Don Horacio volteó y levantó su bastón y con una autoridad irrefutable le gritó: "hijo de puta".

De pronto todos esos recuerdos me parecen increíbles, como si le hubieran pasado a alguien más. Como si fuera un sueño o lo hubiera leído en algún libro. Pero no, ésa era yo, estuve ahí, en esa casa siempre en penumbras donde ahora anaranjados edificios de departamentos.

Arriba en la foto, un Juan García Ponce niño, con su hermano el pintor. De pronto pienso en la palabra "unión" (título de uno de sus libros). En lo lejana y lo cercana que he sido a este hombre, a su palabra, a su pensamiento. En cómo ha influido en mi sin saberlo. En cómo la vida va creando esos vínculos, esas conexiones con las personas. En cómo la vida de uno se conecta con la de otros de maneras insospechadas. Sí, inéditas..

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