crónica de viaje (gdl-parte uno)


A Aurora Zarzosa me unen algunos de los recuerdos más bellos y cálidos de mi paso por la Universidad. Aurora fue mi maestra de Historia de la Filosofía I, Presocráticos, para ser exactos. Ella era la encarnación de mi ideal de un profesor universitario, recuerdo que en una de las primeras clases nos pidió que leyéramos una buena parte de un libro de un día para otro, yo estaba fascinada, me desvelé leyendo y estudiando, imposible dormir si estaba tan emocionada de que de entre todos esos profesores plastas y nefastos, tuviera al menos una que sí valiera la pena, que me exigiera, que hiciera que cada calificación con ella me costara de verdad, que me hiciera cuestionarme, desear saber más, desear dudar más. Tengo guardados todavía, después de doce años, los exámenes de esa materia, qué puedo decir, soy una ñoña de lo peor.
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Me recuerdo escuchándola con atención, disfrutando tanto sus clases, las cosas que me hacía preguntarme a mí misma. No puedo evitar evocar a la Sara de entonces, tan distinta a la de ahora, tan inocente e idealista. Lo cierto es que no la extraño, a esa Sara, ojalá ella hubiera tenido un poco de la malicia o experiencia que tengo ahora, un poco de la madurez, habría sufrido menos por la incertidumbre, se las habría arreglado mejor para enfrentarse a la vida, habría tenido menos miedo. Recuerdo ese miedo paralizante, atorado en la garganta, asfixiándome, ese miedo que no me dejaba ser. Recuerdo ese miedo como un perro a punto de morderme, yo que tanto temí a los perros, que tanto les huí. Fue precisamente en una de las clases de Aurora de Antropología, que, en un examen donde se nos cuestionaba sobre la libertad, descubrí que no era libre, que ese miedo inmovilizante me tenía atada, ese miedo a la pérdida, al abandono, al Otro.
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No me deshice de ese miedo entonces. No fue fácil para mí recuperar la confianza, decidir entregarme a los demás. Sin embargo fue un primer paso. Saberlo. Fue más tarde, el cariño de mis amigos, fue la amistad lo que rompió la inercia. Fue la amistad, mucho, mucho antes que el amor, lo que me hizo ser quien soy.
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Ahora que me gusta tanto fumar, que a mi pesar no puedo dejarlo, recuerdo esos cigarros que le gorréabamos a Aurora, Enrique y yo, y que nos fumábamos en el pasillo mientras charlábamos, recuerdo esas pequeñas alegrías, esos pequeños lujos, qué inconsciente era entonces del futuro, qué feliz podía ser con cosas tan nimias, justo como un niño con una canica, con una paleta de dulce. Recuerdo los proyectos que hicimos, una noche que nos quedamos trabajando hasta tarde en el IEST con tal de terminar algo para un cierto congreso. Creo que eso era una de las cosas que más admiraba en Aurora, la entrega, la pasión, el compromiso.
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Con Aurora también hice mi servicio becario durante la carrera y gracias a ella pude cursar el Diplomado de Filosofía para Niños con la Ibero. Después hice mi servicio social con ella y con Cecilia en el Centro de Formación Humanista. Y más tarde estuvimos también en el proyecto del padre René Mercier.
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De Aurora siempre recibí calidez, amistad, cuestionamiento. Por eso lo mucho que la quiero y el tanto gusto que me dio volver a verla, por eso fue como si el tiempo no hubiera pasado y nuevamente estuviéramos fumando un cigarro en el pasillo, pero el tiempo sí, pero lo diferente que soy ahora, pero lo feliz.
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Comentarios

demeter.saenz. dijo…
pero... si huvieses sido tu la que eres ahora o huvieses tenido algo de la que tienes ahora.. en aquel entonces... quien serias ahora? ...
I.L dijo…
qué chido!

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