Tres estampas y un bolero

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Un hombre que no le mira sostiene un periódico entre sus manos y da vuelta a las páginas absorto en las imágenes y las noticias. Tiene apenas unos minutos de haberse sentado, de haber puesto su sucio calzado sobre las inmóviles hormas metálicas rayadas por la fricción cotidiana. El bolero, desde su diminuto banco, saca el jabón y comienza su faena, una pequeña brocha, un trapito grisáceo y desgastado: manos que van y vienen como un par de mariposas turbias. El hombre que no le dirigió la palabra, que no dijo buenos días, que no dirá gracias, sólo deposita sobre su mano, de nuevo sin mirarlo, tres monedas de cinco pesos, para luego cruzar la calle y alejarse con prisa.
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El hombre que sí le habla no se calla ni un instante, un poco de política, algo de futbol, el tema del clima no puede faltar, el tráfico, qué dura está la vida y la familia y los hijos, dice, no sé a dónde vamos a ir a parar, de religión mejor no platicar, de mujeres sí, con este calor a quién no se le antojaría una cervecita en la playa. El bolero escucha fragmentos del monólogo de su interlocutor y de cuando en cuando emite un sonido de aprobación; mientras, sobre el zapato: la brocha y la tinta, la grasa y el cepillo. El hombre que pronuncia una tras otra palabras y más palabras genera un rumor que, en los oídos del bolero, se confunde con el gorjeo de las aves que aterrizan en los árboles cercanos.

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Un bolero ojea una revista de chismes de la farándula, otro lee un periódico, otro un pasquín amarillista, otro más una revista de vaqueros. Un bolero tiene puestos sus audífonos y mientras espera que alguien llegue a lustrarse los zapatos, se fuma un cigarro y escucha noticias o música o la transmisión de algún partido de futbol. Un bolero platica con otro para hacer correr más rápido el tiempo, otro cuenta un chiste, otros se ríen, otros se quedan callados, con la mirada perdida, como si no se dieran cuenta de nada de lo que pasa a su alrededor. Un bolero recoge sus cosas temprano, otro se queda hasta el final del día, esperando que alguien más quiera una boleada. Un bolero alimenta a las ardillas, otro las espanta. Un bolero te observa cuando caminas por la plaza, otro te ignora, uno te conoce de tanto que te ha visto pasar por ahí, otro jamás reconocería tu rostro.

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Es un bolero quien ahora limpia tus zapatos, está frente a ti, te mira.
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Fotografía: LDG. Argelia Padilla
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Comentarios

Liliana V. Blum dijo…
Tal vez el bolero preferirá al tipo que no le dirige la palabra y lo deja terminar su trabajo en paz, al parlanchín que lo agarra como su terapeuta personal. Hay gente que cobra (y con mucha razón) por escuchar una sarta de pendejadas. Se llaman sicólogos. Los 15 pesos son de la boleada, no de la terapia.

Me gustó mucho este ensayo. Hay boleros tan diferentes como seres humanos. Se puede elegir alimentar una ardilla o espantarla con un palo. Es una forma de vivir, en otras palabras.
sarauribe_26 dijo…
Bueno, con los boleros pasa algo similar que con los taxistas; yo pienso que preferiría al cliente silencioso que al parlanchín, pero quien sabe, a veces la necesidad de hablar puede más.

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