Pasajeros sin destino

El tren solía partir a eso de las siete de la mañana. En ocasiones se atrasaba un poco, pero a veces se marchaba antes, por eso había que estar en la estación desde las seis; por eso, y porque si uno no llegaba temprano, se quedaba sin asiento y tenía que viajar casi seis horas parado. Recuerdo que me levantaba a las cinco y tomaba un carro de ruta hacia el centro, me bajaba cerca de la Plaza de la Libertad y por calles aún húmedas de madrugada, caminaba rumbo a la Aduana.

No quiero faltar a la verdad, no todas las veces compré boleto. Al principio me formaba pacientemente en la fila de la taquilla, que por lo regular era larga y lenta, adormilada; llena de mujeres y hombres con rostros cansados y bolsillos semivacíos. Al paso del tiempo aprendí los trucos, me arriesgué. El boleto costaba diez pesos, pero por menos de la mitad el vigilante que los recogía –ya arriba de los vagones– se hacía de la vista gorda.

El viaje comenzaba en silencio, la mayoría de las personas aún dormitaban; pero conforme la mañana y el tren iban avanzando por entre árboles y barrancos, por entre rancherías y pequeños poblados, el bullicio se adueñaba de vagones y pasillos. Una increíble cantidad de vendedores subían en cada una de las incontables paradas que hacía el tren; unos vendían ungüentos milagrosos que sanaban toda clase de enfermedades incurables; otros vendían pequeños folletines que enseñaban ortografía y las tablas de multiplicar; otros, más prácticos, pequeños costureros con lo indispensable para remendar cualquier desperfecto: agujas, hilos, botones; y claro, no podían faltar los vendedores de comida, las señoras y los niños que ofrecían gorditas, taquitos, tostadas, tamales, tortas, jícamas con chile, mandarinas, aguas frescas, gelatinas, pan dulce, atole, café, cervezas y pescado frito. Todos estos olores mezclándose, todas estas voces ensordeciendo, todos estos merolicos, uno tras otro, subiendo y bajando, yendo de vagón en vagón, durante casi seis horas, hasta llegar a la estación de Cd. Valles.

Días después, abordaba a eso de las tres de la tarde el tren que me llevaría de regreso a Tampico. Me esperaban los mismos asientos rotos, desvencijados y sucios; los mismos vendedores y su algarabía intermitente; los mismos gritos de miedo fingido, seguidos de carcajadas, cada que el tren pasaba por un túnel. Pero además, me aguardaban dos rumores ya bien sabidos: que en el tren no sólo viajábamos humanos, sino también una horda de ratas que se dedicaban a morder a los niños y a los pasajeros desprevenidos; y que en algunas ocasiones trepaban al tren asaltantes furtivos que, pistola o cuchillo en mano, robaban las muy escasas pertenencias de los pasajeros.

El tren nunca tuvo luz eléctrica en su interior. Los pasillos de los vagones eran tenuemente iluminados por un quinqué o una vela, que a veces se apagaba sumiéndonos en una oscuridad sólo mitigada en las noches de luna. A eso de las ocho viajábamos en silencio, mirando por las ventanillas las penumbras que íbamos dejando atrás.

Estoy hablando de hace diez años, estoy hablando de 1996. Entonces tenía dieciocho y estudiaba la carrera de filosofía. Entonces ignoraba que algún día cerrarían la estación del tren, que ya no habría más pasajeros. Entonces no imaginaba que diez años más tarde la nostalgia me haría volver a viajar en la oscuridad de esos viejos trenes.
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Comentarios

Liliana V. Blum dijo…
Diez años no son nada, y sin embargo, parece que pintas un mundo que no existió, que no me puedo imaginar. Te empecé a leer y pensé que se trataba de un cuento. Yo llegué a Tampico en 1997, precisamente.

Me gustó mucho tu relato. Sólo puedo imaginar. Me evocó imágenes de los judíos en trenes rumbo a los campos. Tal vez el tren de Tampico así pueda pensarse un paraíso, no?

Toda, toda la diferencia la hace el destino final.
Magda dijo…
¿Sara? ¡no puedo creerlo!!
sarauribe_26 dijo…
Hola Magda:

ya te mandé un mail, de nuevo aquí te pido una disculpa por mi tardanza al contestar, espero tu respuesta y tu comprensión...

Sara

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